Say it loud, I’m a freak and I’m proud!
Pongamos un año: 2005. Pongamos otro: 1997. Ahora una canción y una banda: Al Amanecer de Los Fresones Rebeldes. Y ahora señalemos a un culpable: Juan de Pablos y su programa Flor de Pasión. La víctima: un fan maquetero cualquiera. Pongamos que soy yo. Sí, claro. ¿Por qué no? Que tengo casi treinta años y que hace no tantos que saltaba al son del pop con Nocilla. Y todavía salto. Podría visitar a un psicoanalista. Al final decido matricularme en un postgrado de crítica de cine y música pop.
Di pop. P O P. P OOO P. Poppop. ¿No te llena la boca de un sabor dulce? Si es así, monta conmigo un club de autoayuda. Si es que no, ve al final del documento. Haz cálculos: ¿Qué porcentaje de tu sueldo se va en música? Si es cero, eres un crítico musical. Si va del 1 al 100, podemos empezar a hablar. ¿Por qué uno quiere hacerse crítico musical?
Respuesta 1: Para tener discos gratis.
Respuesta 2: Para entrar gratis en todos los conciertos.
Respuesta 3: Para ligar con las(os) muchachas(os).
Respuesta 4: Para impresionar a los colegas.
Respuesta 5: Para vivir de la música sin subirte a un escenario.
Respuesta 6: Para imponer tus gustos a los lectores de tu fanzine, revista o diario.
Respuesta 7: Escríbela tú mismo(a).
Puede ser cualquiera y todas a la vez. Ese debe de ser el peor de los pronósticos y seguramente el más certero. Es pronto para ser crítico de críticos: un fan es acrítico por definición, pero ¿qué es un fan? ¿Puede un fan convertirse en un crítico? ¿El crítico asesina al fan como en Video killed the radio star? Son demasiadas preguntas y, oigan, yo me acabo de apuntar a un postgrado de crítica y todavía no tengo las respuestas. Aunque adivino —pedazo de cabeza que mis padres me dieron— que tendré más dudas al final de esta historia.
Poniéndonos en plan divino —hay que serlo para pretender ser crítico— hagámonos la pregunta del millón: ¿Para qué sirve la música? ¿Por qué nos gusta? ¿Qué hacemos con ella?
Hace pocos días un profe bastante enrollado con gafas —pero no de pasta, creo recordar— nos cuenta la tira de cosas sobre esta cuestión y estoy a punto de hacerle la ola cuando dice que, al fin y al cabo, cada cual hace con la cultura lo que le da la gana. Eso está bien. Me gusta. Segundo punto: La cultura popular, por ende, la música popular, ¿es cultura? Ahí la cuestión es mucho más controvertida. Para un fan la respuesta es evidente: la cultura popular de masas —masas de distintos envergaduras— tiene el mismo rango que el techo de la Capilla Sixtina. Si la música forma parte de nuestras vidas en tanto que nos ayuda a construir identidades, a comprender, a responder, a expresar cualquier tipo de pensamiento, idea o emoción… ¿no va a resultar una herramienta mucho más compleja de lo que a priori los exquisitos quieren dar a entender?
Disculpen al fan por ponerse demagógico pero es su trabajo. Además, le crecen las alas cuando las voces autorizadas le dan la razón. Pobre fan, es un hooligan de elite que va buscando gente con quien coincidir para no convertirse en un freak. ¿Serán los profes universitarios un sustituto del Redbull?